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La exposición

Domingo 30 de octubre de 2016, por Horacio González

La exposición

Al llegar la exposición te cautiva. Sorprendida, la mirada se fascina ante un catálogo impecable de formas elegantes que se alzan con una belleza sublime. Tras un respiro, comienzas a caminar y en el primer cuarto de vuelta emerge una sensación algodonosa de suavidad sin asperezas. Desde que saludaste al vigilante de la entrada nadie te ha dicho nada. No encuentras relato, discurso ni recorrido, sólo proposiciones estéticas, pureza de forma, abstracción.

Sigues avanzando y en el segundo cuarto de vuelta comienzas a recobrarte. La presión de la belleza presente se diluye y algunas imágenes vuelven a tu cabeza. Entonces recuerdas que se trata de un paisaje familiar, conoces todas las obras y artistas, todo aquello que está presente en la sala resuena en el exterior. Resuena en el escaparate de Zara, en el de Bershka, en la portada de Vogue y en el supermercado; participa de un mismo catálogo de formas, digerido e importado por el mercado hace ya bastante tiempo.

Roto el espejismo de la fascinación, al llegar al tercer cuarto de vuelta -por fin- puedes comenzar a contemplar la exposición. Descubres las ausencias- Te preguntas qué ha llevado a los objetos que tienes delante de ti a ocupar ese lugar. Tratas de encontrar algunas diferencias entre el recorrido que haces cada año y el que acabas de realizar.
Aflora una diferencia, la producción de las piezas. A falta de un discurso comisarial dos criterios conforman la exposición; un certamen de nuevos valores y un sistema público-privado de coleccionismo. El uno lleva años operando en el vaciamiento de potencia, sepultando las propuestas con capacidad transformadora para ofrecernos el mismo panorama apaciguado en cada edición. El otro ha operado mayoritariamente seleccionando piezas bien producidas y de gran tamaño, utilizando el metro cuadrado de aluminio y cristal, la limpieza y el acabado, como baremos del valor de la obra.

En el último cuarto de vuelta, sin que nadie se halla hecho cargo de ello, asoma un relato historiográfico. Múltiples propuestas que en cada edición ocupan buena parte de la plantilla del certamen, procurando superar la falta de apoyo a la producción desde la precariedad, están ausentes en la exposición. Han sido descartadas, relegadas por el sistema.

Al terminar revisitas el comienzo de la exposición con una nueva mirada. Aquel catálogo impecable de formas elegantes que en un primer momento resultaba fascinante es ahora fastidiosamente evidente. Observas como cada obra constituye una propuesta de permutación y combinación de un conjunto de operaciones y recursos formales desarrollado a lo largo del siglo XX. Un amortiguamiento devastador vacía todo de sentido. En el paisaje que presenta ahora la exposición, nada persiste salvo la reproducción sostenida de un mismo modelo: la sumisión a un conjunto de operaciones formales y dinámicas sistémicas, con la única aspiración contradictoria de sobresalir y resultar reconocible en el ejercicio de repetición.